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Gracias, por favor

13 Oct

Creo que la primera palabra que debemos enseñar a los niños no es “papá” o “mamá” es… “GRACIAS”. Me comprometo a darle la tabarra a mis futuros hijos repitiéndoles día, tarde y noche “graciasgraciasgracias”.

– ¡Ay mi niña!, ¿qué le gusta decir a mi niña?, ¡Graaaa…cias!
– ¡Tatatá!
– Sí, tatatá también, pero además le gusta decir…
-¡Prrrrr!
– No, eso es lo que le gusta hacer. Se dice graaaa….
– Maaaaa
– No no, tu primera palabra debe ser…
– ¡MA!
– ¡Oh dios! ¡ya la he liado!
– ¡Mamá! -contesta entusiasmada moviendo los brazos hacia arriba y hacia abajo. Yo me llevo las manos a la cabeza. Misión fallida.

Y es que el tema de hoy, es mi indignación ante la escasez del uso de esta maravillosa y agradecida palabra. Tal es mi indignación que he llegado a cuestionarme si no he salido de fondo alguna vez, en una de esas fotos que Iker Jiménez muestra en pantalla a la audiencia nocturna.

Hace unos días, caminaba subiendo una cuesta que bajaba una niña con bici, el caso es que hambrienta o no, iba a comerse un pedazo de la pared. Su padre y yo corrimos. Llegué a tiempo para evitar la castaña (sí, como esas que están asando ahora pero grande y dolorosa) y sujeté el mango de la bicicleta que temblaba por el desequilibrio, la niña seguía mirando la pared. El padre, acude rápidamente (¡a preocuparse por su hija! pensaréis)  bueno, más bien, a echarle la bronca a la pobre. Yo observaba la escena pero no escuchaba nada, ¿estaba realmente allí?, cuando ya me iba con el silencio por respuesta, la madre me obsequió con esa gran palabra hastiada por su desuso. Tuve suerte, esta vez la escuché.

Hace poco me encontraba en el supermercado. En la sección de congelados a un señor se le cayó una parte del plástico de las cámaras frigoríficas esas, me agaché para cogerlo y ayudarle. El señor ni siquiera me miró, lo cogió de entre mis manos sin inmutar y continuó a lo suyo. En esos momentos si no te dan las gracias, uno mismo se las da y sonríe (alguién tiene que hacerlo ¿no? y yo no pensaba irme de allí sin sentirme bien)

Hoy, en frente del Málaga Plaza, había un coche antiguo precioso con la marca de un perfume, aparcado en el lateral del edificio. Le hago una foto a mi madre con el vehículo. El hombre de al lado me pide que le haga una. Yo encantada, me gusta que me pidan hacer fotos, me lo tomo como algo personal.  El hombre posa como si fuese su propio vehículo, cruza las piernas, se apoya en él con un brazo y saca pecho.

– ¿Quiere una segunda?- le pregunto. Acepta mi propuesta, le digo que la mire a ver si le gusta (también porque soy un poco torpona con los móviles y puede que al final no haya rastro de las fotos)
– ¡Ohhh!
¡Qué bien!, la foto se ha hecho y está contento. Tan contento que pasa de mi careto, de la simpatía de mi madre y en lugar de “gracias” escuchamos:
– ¡¡YOLI!! y corre hacia sus colegas. Me marcho. Apenada con él, con la sociedad.

Por eso, tras mucho pensar, he llegado a una clara conclusión, de hecho no se cómo no he podido hacerlo antes. Lo más simple se nos escapa
Soy como los niños de Nicole Kidman o como Nicole Kidman en… ¡”Los otros”!  Sí, me creo que estoy viva, que respiro y hasta me empeño en seguir comiendo chocolate cuando… ¡nadie me ve! (no me refiero a comer chocolate a escondidas, sino a que soy transparente ¡una “Casper”! Así, hay gente especial, como éste último (bueno este qué especial ni leches,  éste era tonto) que puede verme, aunque ellos no saben que pueden. Y otros que no, como el hombre del supermercado, el padre de la niña-bici (suena a número circense) y tantos otros. Ahora estaré más pendiente por si me ladran los perros que dicen que tienen un sexto sentido para estas cosas, aunque todos me caen muy bien y creo que es recíproco.

En conclusión, cuando alguién nos da las “gracias” a ti te sale  un “¡no é ná!”, “no hay de qué”, a lo que pueden responderte “es de buen nacío ¡ser agradecío!”  o simplemente se desencadenan frases tan bonitas como: “¡Las que tú tienes!” ó “¡las que tú me haces! ¿Véis lo que se puede conseguir con esta palabra? ¡nada malo!

¡GRACIAS!

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